La rebeldía es el equilibrio: el cabello de un color que no es el propio, enredado de sermones; la aguja que precede al arete con sangre de oreja; un perfume de cigarro humeado en los pantalones rotos y en la playera oscura que tiene la imagen de una calavera con mal humor; el recibo telefónico, golpe a la economía familiar; las caricias rechazadas, los caprichos que se vuelven obligación; las fallas, errores y defectos que no se aceptan; las respuestas lacónicas; un carácter que tampoco se entiende por sí mismo y una etapa tan extraña en la vida, tan extraña, que duele. El equilibrio de la adolescencia es la rebeldía.

La adolescencia es una de las metamorfosis más complicadas e importantes en la vida. Pero con todas sus virtudes y defectos, lo extraño de esta etapa no sería el comportamiento rebelde de los hijos sino que ésta no sucediera.

En primer lugar es importante saber que esta etapa puede prevenirse desde que los hijos se encuentran en la niñez. Si es advertida desde entonces, padres e hijos tendrán más herramientas para hacer frente a la adolescencia. La familia deberá establecer una relación basada en la comunicación: así, los padres estarán enterados de la vida de los hijos en todo momento y sobre todo, éstos tendrán más confianza en ellos.

Si por el contrario se descuida la comunicación, los hijos permanecerán encerrados en un mundo propio que no compartirán. Entonces será más difícil romper los escudos, ya que desde la perspectiva del adolescente los padres le prestan atención justo en el momento en que él desea todo lo contrario; es decir, la comunicación con sus padres habrá llegado demasiado tarde.

Sin embargo, es posible sobrellevar y manejar esta etapa, aunque costará más trabajo. La solución será el tiempo y la paciencia.

Cuando los padres tratan de aliviar el mal de la adolescencia, cometen uno de los errores más comunes: pensar que la cura está en el poder de su autoridad, materializada en castigos y gritos. La consecuencia es que ellos mismos desgastan el ánimo y los hijos se hacen más rebeldes.

Al mismo tiempo, debemos entender que el hecho de estar detrás de los hijos todo el tiempo es materia prima para la rebeldía. Por el contrario, es importante otorgarles una responsabilidad que exija cuentas al mismo tiempo, y les enseñe a tomar decisiones.

Se deben explotar las potencialidades de los hijos, ya que la adolescencia está caracterizada por un derroche de energía que espera ser encauzada. Si a esta edad apoyamos sus sueños, lo más probable es que comiencen a llevarlos a cabo. De lo contrario el adolescente tendrá una visión fatalista de la vida enmarcada en la mediocridad: enfermedad que mata de forma silenciosa.

algunos consejos que los padres deben de tomar muy en cuenta para no hacer que los hijos tomen otros caminos son:
*No se necesitan sermones o presión, sino cariño y sobre todo aceptación.
*Los adolescentes sienten más deseos de complacer a los padres cuando los aprecian que cuando los atormentan.
*Cuando los criticamos para corregirlos, es natural que se defiendan y no acepten sus fallas o defectos: en estos momentos la crítica es sinónimo de malestar.
*Debemos escuchar lo que el adolescente exprese (tenga o no la razón) con dedicada atención y no rechazarlo insinuando que lo que dice carece de importancia.
*Cuando el adolescente decide cómo vestirse y organizar sus cosas, busca en realidad su independencia. Debemos darle cierta libertad y, al mismo tiempo, estar al pendiente de él. De otra forma se sentirá abandonado y no querido.
*Se sentirá seguro para compartir sus intimidades sólo cuando él lo decida. Al adolescente no se le debe bombardear con preguntas.
*Es necesario tener paciencia con él: debemos entender que las vueltas hormonales le impiden controlar su propio carácter.
*La mayoría de los adolescentes predica una visión fatalista: tienen más miedo a vivir que a morir. Se debe compartir con ellos que la vida, como dijo Irving Berlin, es un diez por ciento como la hacemos, y un noventa por ciento como la tomamos.